Uno de esos vientos
que endulzan el frambueso arrastró la niebla. Al otro
lado de la montaña el cielo se insinúa con vigor
de días atrás. Amanece una claridad espesa pero
azul. Cuando el sol recupera la ocasión. El valle respira
como si lo abrigara el aire. Para alivio del hombre que cuece
el pan la niebla se deshizo antes del alba. La lechuza regresó
al cedro. Los pollos se removieron. Blanco el plumón
como la luz del mediodía. La carne de lechuza que alimentara
mi progenie. Algún último vapor arrastra residuos
de ceniza. La propia tormenta sofocó el incendio que
provocaron los rayos. El olor a árbol quemado se mezcla
con el olor del lodo. El agua vertida durante la noche se
embalsa bajo la tierra. Vista desde el cielo la lluvia sin
sumergir se concentra en balsas con forma de gota. El vehículo
desprende humo gris. El frío de la mañana lo
blanquea antes de deshacerlo. El hombre que cuece el pan arrastra
inquietud desde la cama. Se descubrió en la plaza sin
calor en la frente. Cargó el vehículo de desgana.
Lo fatigaba el presentimiento del cansancio. Pliego las alas.
Penetro en la corriente que enfría a la ladera. Alcanzo
el vehículo verde. El hombre que cuece el pan conversa
mientras desciende solo a la villa.
Fragmento 2
Ofrezco a los hombres
estampa de animal bello y secreto. Del paraíso que
sus tradiciones repiten evoco esa noche más estrellada
que las demás. Mi figura de pájaro único
ayudó a desear mi presencia. En mí se reaviva
la atracción por el misterio. Admirados que ya me disfrutaron
renuevan el elogio al verme en una nueva vez. Pues ninguna
admiración se acostumbra a la abubilla. Convino a mi
especie deshacer aquella fama. Me alié con el hedor.
Hago que mi progenie nazca entre la náusea. Los cultivadores
de grano recelan del árbol donde anido. Rechazan que
su sombra cubra la espiga que dará de comer. Mi nido
ganó la fama del olor con que evito al intruso. Pues
de la vida mi nido evoca el aliento. Porque la vida comienza
a pudrirse desde que nace. Pero mi pluma ofrece aspecto de
animal cantado en fábulas. Vuelo de culebra y alas
de mariposa. Negro en rosa de blanco. Mi nido cobija el recuerdo
que tanto anhela quien olvida. Para que lo respetara el paso
de las estaciones lo recubrí con el desecho del tiempo.
Siempre del lado donde se revoca el viento. El rostro del
niño demostraba que no lo detendría el hedor.
La tormenta se adelantó a su venida. Quedó el
silencio amanecer tras la última descarga del rayo.
En los campos de centeno la lluvia devolvió a la tierra
el fruto de la espiga. La crecida arrastraba las larvas negras
del tábano en oleadas rojas. La espadaña asomaba
por encima del cauce como capirote de avefría. Después
que la tormenta pasara la mañana ordenó al valle.
Cuando llegó el niño la orden se disponía
a adelgazar las capas de lodo. Trepó al árbol
a pesar de la corteza húmeda. Un rastro de musgo verdea
la ropa blanca. El niño se asoma a la oquedad. Busca
recordando palabras. Descubrió el reflejo del esmalte
entre pelusas. Cantad si fue el hedor del nido lo que cortó
la sonrisa del niño.