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Fragmento 1
Uno de esos vientos que endulzan el frambueso arrastró la niebla. Al otro lado de la montaña el cielo se insinúa con vigor de días atrás. Amanece una claridad espesa pero azul. Cuando el sol recupera la ocasión. El valle respira como si lo abrigara el aire. Para alivio del hombre que cuece el pan la niebla se deshizo antes del alba. La lechuza regresó al cedro. Los pollos se removieron. Blanco el plumón como la luz del mediodía. La carne de lechuza que alimentara mi progenie. Algún último vapor arrastra residuos de ceniza. La propia tormenta sofocó el incendio que provocaron los rayos. El olor a árbol quemado se mezcla con el olor del lodo. El agua vertida durante la noche se embalsa bajo la tierra. Vista desde el cielo la lluvia sin sumergir se concentra en balsas con forma de gota. El vehículo desprende humo gris. El frío de la mañana lo blanquea antes de deshacerlo. El hombre que cuece el pan arrastra inquietud desde la cama. Se descubrió en la plaza sin calor en la frente. Cargó el vehículo de desgana. Lo fatigaba el presentimiento del cansancio. Pliego las alas. Penetro en la corriente que enfría a la ladera. Alcanzo el vehículo verde. El hombre que cuece el pan conversa mientras desciende solo a la villa.
 
Fragmento 2
Ofrezco a los hombres estampa de animal bello y secreto. Del paraíso que sus tradiciones repiten evoco esa noche más estrellada que las demás. Mi figura de pájaro único ayudó a desear mi presencia. En mí se reaviva la atracción por el misterio. Admirados que ya me disfrutaron renuevan el elogio al verme en una nueva vez. Pues ninguna admiración se acostumbra a la abubilla. Convino a mi especie deshacer aquella fama. Me alié con el hedor. Hago que mi progenie nazca entre la náusea. Los cultivadores de grano recelan del árbol donde anido. Rechazan que su sombra cubra la espiga que dará de comer. Mi nido ganó la fama del olor con que evito al intruso. Pues de la vida mi nido evoca el aliento. Porque la vida comienza a pudrirse desde que nace. Pero mi pluma ofrece aspecto de animal cantado en fábulas. Vuelo de culebra y alas de mariposa. Negro en rosa de blanco. Mi nido cobija el recuerdo que tanto anhela quien olvida. Para que lo respetara el paso de las estaciones lo recubrí con el desecho del tiempo. Siempre del lado donde se revoca el viento. El rostro del niño demostraba que no lo detendría el hedor. La tormenta se adelantó a su venida. Quedó el silencio amanecer tras la última descarga del rayo. En los campos de centeno la lluvia devolvió a la tierra el fruto de la espiga. La crecida arrastraba las larvas negras del tábano en oleadas rojas. La espadaña asomaba por encima del cauce como capirote de avefría. Después que la tormenta pasara la mañana ordenó al valle. Cuando llegó el niño la orden se disponía a adelgazar las capas de lodo. Trepó al árbol a pesar de la corteza húmeda. Un rastro de musgo verdea la ropa blanca. El niño se asoma a la oquedad. Busca recordando palabras. Descubrió el reflejo del esmalte entre pelusas. Cantad si fue el hedor del nido lo que cortó la sonrisa del niño.
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